Un cuervo muy rapaz, había logrado robarse un queso. El queso era uno de los manjares predilectos del cuervo. Así que, encantado con su botín, voló lejos hacia el bosque, aferrándolo fuerte con su pico.Sólo tenía un problema. Si se dirigía a su cueva, debería compartir su comida con sus hermanos cuervos. Y este cuervo era muy goloso y angurriento. Quería ese queso todito para él. ¡Jamás había tenido uno entero, tan blanco, tan lleno de agujeritos! Se le ocurrió entonces esconderse en la copa de algún árbol del bosque. Allí podría comerlo tranquilamente, sin compartirlo con nadie.
El cuervo encontró el árbol ideal. Por la sombra que recibía de otros árboles más altos, era el escondite perfecto. Se posó en una de sus ramas, y se dispuso a saborear el manjar. Y justamente estaba por morder un gran trozo cuando, de pronto, una voz sonó atronadora: "¡Cuervo! ¡Un momento!"
El cuervo, aunque era negro como el carbón, palideció. ¿Sería alguno de sus hermanos cuervos, que, habiéndolo descubierto, le reclamaba su porción? Miró para todos lados; para un costado, para el otro, para arriba y para abajo. Y allí, abajo, vio al que le hablaba. ¡Menos mal! ¡No era un hermano cuervo, sino un inofensivo zorro! Sin embargo, sabiendo que los zorros siempre traen algo entre manos, se juró no hablarle. Así se iría más pronto y lo dejaría comer tranquilo su queso.
El zorro, sin embargo, no parecía muy dispuesto a irse. Le habló al cuervo de esta manera: "Cuervo, antes de que comas tu almuerzo, quiero decirte que estoy sorprendido. ¡De veras! ¿Te preguntarás por qué? La respuesta es que jamás vi un cuervo de plumas tan brillantes. Desde aquí abajo, no se ven negras. Se ven azules. ¡Y tus ojos! Son tan grandes que, seguro, nada se les escapa".
El cuervo, por un momento, olvidó su queso. Estaba maravillado de sentirse tan elogiado. Nadie le había hecho caso a su plumaje antes, ni tampoco a sus ojos. Mucho menos un zorro, que tiene fama de soberbio. Sin embargo el cuervo, aún algo desconfiado, no dijo nada. Pero el zorro siguió elogiándolo: "Cuervo, ahora que lo noto, lo más admirable de todo, es sin duda tu pico. Yo conozco muchos cuervos, pero ninguno, hasta hoy, con un pico tan fuerte y bien torneado. Además, su color amarillo vivo va muy bien con tu plumaje negro, ¡digo azul! Si la voz que sale de ese pico es la mitad de bella que el pico mismo, deberías ser nombrado príncipe de las aves cantoras. Pero no, esas serían demasiadas virtudes en un solo animal. Ahora me voy y te dejo comer en paz".
Ganado totalmente por los elogios del zorro, el cuervo ya se creía poseedor de una voz realmente maravillosa. Y, dominado por la vanidad, el cuervo abrió su pico para comprobarlo. Pero, al hacerlo, no sólo lanzó un desagradable graznido, sino que, además, dejó caer involuntariamente el queso. El zorro, que esperaba abajo, lo recogió.
"Pajarraco", le dijo al sorprendido cuervo, "no sólo que nada de lo que te dije es cierto, sino que tengo ante mi al ave más torpe de todo el bosque.
Tal vez esto te sirva, espero, de escarmiento: los halagos esconden siempre segundas intenciones. Y no te quejes ahora: la lección bien vale un queso".
- El hambre del cuervo fue mucha mas nadie su suerte lamente: pues quien sólo halagos escucha, que de halagos se alimente -
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